Por José Alfonso Correa Cabrera
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Cegados por la policromía que tiñe las paredes de la facultad, los estudiantes somos empujados a la vorágine electoral que ocupa a nuestra facultad desde hace algunos días. Desde todos los flancos las propuestas de los distintos candidatos surcan los aires buscando impactar a todos los incautos que desconozcan la verdadera trascendencia de este proceso. Estas líneas tienen como objeto invitar a la comunidad estudiantil a reflexionar sobre los sucesos que tendrán lugar en los próximos días, así como sobre algunas cuestiones de fondo que invariablemente conciernen a la comunidad estudiantil.
Los advenedizos
Entre muchas otras cosas que podríamos destacar de estas elecciones, encontramos que el proceso electoral de este semestre se ha convertido en una pugna entre advenedizos. Si bien este no es un rasgo exclusivo de estas elecciones, es necesario recalcar que los distintos candidatos, en la mayoría de los casos, son personas que de buenas a primeras se ostentan como individuos elegidos para rescatar a nuestra facultad de los horribles males que la aquejan; estas ilustres y caritativas almas han bajado del cielo a cumplir todos nuestros deseos y a materializar nuestras más locas fantasías. Para traer luz y esperanza a nuestra oscura y lúgubre facultad solo es necesario asistir el 30 de marzo a unas urnas que esperan ansiosas a que depositemos las papeletas marcadas con el nombre de nuestro desinteresado benefactor.
Sin embargo, todo estudiante que no haya sido despojado totalmente de su espíritu crítico no puede dejar de cuestionarse sobre el por qué estos redentores habían permanecido ausentes cuando más los necesitábamos. Si bien en algún momento los vimos pasar por los pasillos y las explanadas de nuestra universidad; si bien en algún momento tuvimos el honor de compartir las aulas con estos próceres, es hasta ahora que el aura omnipotente que los rodea nos brinda las anheladas soluciones. Por azares del destino que están lejos de ser comprendidos por nuestra humana ignorancia, estos augustos personajes habían permanecido al margen de las problemáticas que sojuzgan a nuestra universidad. Sin embargo, para entender el por qué la divina providencia nos bendijo con tan ilustres mecenas, es necesario quitarnos la venda de los ojos; es necesario comprender que si estos fatuos personajes no se habían dignado a mirar hacia los problemas que aquejan a toda la comunidad, es porque no habían tenido ningún interés; es inevitable reconocer que tras sus bellas quimeras no hay mas que hipocresía y ambición electorera. Los problemas de nuestra facultad no se engendraron ayer, hace una semana, ni mucho menos el 12 de marzo. La mayor parte de aquellos pesares hacia los cuales dirigen todo su arsenal de propuestas han estado ahí desde antes de que ellos ingresaran a esta facultad. Y sin embargo, es hasta ahora, cuando el botín electoral se encuentra a su alcance, que nos conceden la oportunidad de formar parte del delirio colectivo, ese delirio a través del cual se puede vislumbrar una facultad en la que las distintas partes se acoplan armónicamente a la totalidad. Todos aquellos incapaces de ceder frente a sus soluciones ilusorias no podemos más que cuestionarlos: ¿Dónde estabas tú antes del proceso electoral? ¿Por qué te cruzabas de brazos y eludías involucrarte? ¿Por qué es hasta ahora que nace en ti esa disposición a participar? Nos hablan de diálogo, de propuestas y de compromisos, pero, ¿por qué no dialogaron antes? ¿Por qué no proponían nada cuando no estaban en juego las codiciadas conserjerías? ¿Por qué se comprometen hasta ahora?
Elecciones y utopía. El arsenal que se recicla
Sin embargo, para entender cabalmente sobre el por qué de la intempestiva decepción que en algún momento habrá de azotar a todos aquellos estudiantes que han sido cautivados por las consejerías, es necesario tener presente el papel que desempeñan las sugerentes propuestas. Elección tras elección el fenómeno se repite; una y otra vez los ambiciosas candidatos hacen uso de fastuosas proposiciones que supuestamente habrán de revolucionar el estado actual de la facultad. Desde ampliar el servicio del PUMABUS, hasta construir los nuevos institutos de Administración Pública y de Ciencia Política, pasando por la modernización de las aulas, los provocativos ofrecimientos de nuestros esclarecidos profetas no tienen otros límites que los de la imaginación. Sin embargo estas descarriadas entelequias no son más que atrevidos disparates motivados por el codicioso anhelo de alcanzar una consejería. El arsenal de propuesta se abastece, se recicla y se reutiliza ad absurdum. Finalmente, el prometer no empobrece.
Arrebatados por sus ambiciones, personajes desvariantes e individuos demagogos compiten entre si por captar la atención de una audiencia amodorrada que permanece impasible frente a las más descabelladas aseveraciones. No obstante, el hecho de que estas caprichosas fábulas alcancen los oídos de algún desprevenido, sometiéndolo e induciéndolo a soñar con lo irrealizable, no es culpa del emisor, sino de aquel que presta acríticamente su atención a los aletargantes embustes de inescrupulosos sofistas.
El mito de la pluralidad
No son pocos los candidatos que reivindican la importancia de la pluralidad. Sin embargo, cuando no existe ninguna discusión que ponga sobre la mesa los planteamientos teoricos que sustentan el accionar de los distintos grupos, resulta bastante pertinente cuestionarse sobre el verdadero significado de esa pluralidad que se invoca minuto a minuto. Cuando la discusión gira unicamente en torno a retoques superficiales a los problemas que atañen a la comunidad estudiantil es imposible hablar de “pluralidad”; cuando la realidad se mantiene incuestionada; cuando las relaciones socio-políticas que dan forma al estado imperante de las cosas en nuestra facultad (y no olvidemos que estas relaciones no se restringen a nuestra facultad, sino que devienen de la Universidad y de la sociedad misma) permanecen incólumes frente a la guerra que se desata durante los procesos electorales; cuando la lucha de ideas es remplazada por la lucha de personalidades y de colores, la mentada pluralidad se convierte en un instrumento más de un discurso ideológico incapaz de volcarse sobre los problemas de fondo y totalmente incompetente para revocar el mandato impuesto por el destino.
Además, el hecho de que los mismos temas sean una y otra vez abordados como si fueran parte de un libreto que todos los consejeros recitan al unísono nos permite cuestionarnos sobre la existencia de verdaderas divergencias que permitan enriquecer el diálogo y las propuestas. Los heterogéneos matices y tonalidades pretenden ocultar la monotonía que subyace tras los distintos logotipos y las diversas estrategias propagandísticas. Si tan solo fueran capaces de arrancarse de los ojos la venda que los ciega, los candidatos serían capaces de observar las pocas o nulas diferencias que distancian sus proyectos. No obstante, su avaricia funge como una lente opaca que agudiza su miopía y les impide posar sus ojos sobre el horizonte. Es de esta forma como la pluralidad genuina desfallece junto a toda posibilidad de cambiar el status quo.
Hasta aquí las criticas que abarcan a la inmensa mayoría de los candidatos. En los proximos dias se publicarán algunas particularidades.